De pandillero a asistente social Así, a los 23 años, comenzó una transformación que lo alejó de la delincuencia, la violencia, y hoy es director ejecutivo de Homies Unidos, organizaciónsin fines de lucro que lucha por rescatar a muchachos de pandillas en Los Angeles y El Salvador. Salvadoreño de 37 años, Sánchez ayudó a conseguir una tregua entre pandillas; testificó como experto en casos judiciales; abogó por mejoras legislativas en programas de intervención y prevención, y les habla a los jóvenes sobre el futuro sombrío que ofrecen las pandillas. Desde su oficina de Homies Unidos en el barrio hispano Pico-Unión, Los Angeles, Sánchez también es responsable de servicios como asistencia para inmigrantes amenazados de deportación, programas educativos y entrenamiento laboral. Esta organización festejó 10 años de servicio en noviembre. "Alex está llenando un vacío en la comunidad, porque hay poca gente que trabaja con jóvenes, y menos con pandilleros’’, dice Raúl Añorve, director ejecutivo del Instituto de Educación Popular del Sur de California. Sánchez, que vive con su mujer, Delia, y sus tres hijos en Artesia, en el condado de Los Angeles, es hoy un ejemplo de superación pese a haber sido encarcelado y deportado. "Alex influyó para que yo dejara las pandillas –dice el mexicano Eliseo Figueroa, de 25 años–. Me mostró qué era lo que la calle me ofrecía: nada." Como Sánchez, Figueroa fue parte de las pandillas durante su etapa escolar. Tras conocerse en la calle hace unos 10 años, Sánchez comenzó a aconsejarlo. Al verlo adicto a las drogas y pandillero, la madre de Figueroa decidió enviarlo a su Oaxaca natal, tras consultar con Sánchez. "A mis espaldas, él hablaba con ella y le decía cómo me debía tratar’’, explica Figueroa, que volvió hace 4 años de México y trabaja de mozo. El cambio funcionó. Figueroa se recuperó y, de vuelta en Los Angeles, buscó a Sánchez para que lo ayudara a encontrar trabajo. "Cuando llegué, me presenté y le dije que quería ser un modelo por seguir como él’’, cuenta Figueroa. La historia de Sánchez nace en un vecindario pobre de El Salvador y termina en Los Angeles, que, según cifras oficiales, es la capital de la delincuencia, con casi 400 pandillas y unos 39.0000 pandilleros. A los 11 años, cuatro años después de haber llegado a Los Angeles desde El Salvador, Sánchez comenzó a juntarse con delincuentes. Tres años después se unió a la Mara Salvatrucha, pandilla salvadoreña en Pico-Unión. La vida al margen de la ley lo llevó tres veces a la cárcel por delitos menores y fue deportado a El Salvador en 1994. Sánchez dijo que en su país tuvo que vivir en la calle para huir de escuadrones de exterminio y pandillas locales que lo habían amenazado de muerte. Para cuidar a su hijo, que había sido abandonado por su madre a los cuatro meses, y por miedo a ser asesinado, Sánchez regresó ilegalmente a Los Angeles en 1995. Volvió al barrio "con otra mentalidad’’, reconoce. Buscó trabajo en una fábrica textil y cuando notó que había estado un año sin meterse en problemas sintió que podía salir adelante. En 1996 se fundó Homies Unidos en El Salvador y al año siguiente Sánchez intervino en la creación de la sucursalde Los Angeles, que ayudó a cambiar de vida a más de 240 delincuentes, según la organización. En 2000, Sánchez fue arrestado. Gracias a una campaña comunitaria en su favor, salió libre nueve meses después y recibió asilo político, pues su vida corría peligro si era deportado a El Salvador. Ahora, ninguna pandilla molesta a Sánchez, y él recomienda a los jóvenes que no se unan a estos grupos por incomprensión familiar o institucional. "Ya para de callar el dolor que tienes dentro y exprésalo de otras maneras, que si no, vas a explotar’’, es su mensaje. Fuente: AP
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